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Zenón de Elea en el cine


Paradojas de Zenón
      Conjunto de argumentos aparentemente irreprochables utilizados por Zenón de Elea para la defensa de las tesis de su maestro Parménides y cuyas conclusiones (el carácter absurdo del movimiento y la multiplicidad) parecen ir en contra de los más básicas convicciones de todo el mundo.

Llamamos paradoja a toda argumentación contraria a las opiniones comunes, a los principios de la ciencia o que da lugar a conclusiones contradictorias. La dialéctica griega a partir de Zenón de Elea presentó un amplio número de argumentaciones paradójicas, de las que destacan las paradojas lógicas. Se trata de enunciados que lo mismo son verdaderos que falsos. Una de las más antiguas y conocidas de estas paradojas es la del “mentiroso”, propuesta por Epiménides el Cretense, el cual afirmaba que todos los cretenses son embusteros (en este caso la paradoja aparece si el enunciado es verdadero pues el mismo Epiménides es cretense y tiene que estar diciendo algo falso, lo cual es una contradicción).
      Puede ilustrar también esta noción la paradoja que se le presenta a Sancho Panza cuando es nombrado gobernador de la ínsula de Barataria: en un señorío había un río, sobre un río estaba un puente, al final del cual había una horca y unos jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, del puente y del señorío: “si alguno pasare por este puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna” [...] “Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento, y dijeron: “si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y, conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”. “Don Quijote de la Mancha”, Segunda Parte, capítulo LI. 

La filosofía presocrática al más puro estilo El Mundo Today

La filosofía del Mundo Today llega a una etapa crucial: toca abordar a moralistas, pluralistas y pitagóricos, o lo que es lo mismo, a los presocráticos

Por José María Rosell Tous

Y llegamos al Empirismo de Hume

 
David Hume from Alberto Yoan Arego Pulido on Vimeo.


.HUME
Se considera a Hume como «el Newton de la ciencia moral». Hume pretende, pues, aplicar el método newtoniano - que ya había demostrado su validez en el campo de la ciencia de la Naturaleza- a los «asuntos morales», es decir, a la «ciencia del hombre». Los paralelismos son muy claros: misma negativa a «fingir hipótesis» (buscar explicaciones últimas), y un curioso recurso a «experimentos» de carácter psicológico (Tratado, II, 2, 2). Hume concibe la mente prácticamente como concebía Newton el Universo: las «impresiones» equivalen a los corpúsculos o átomos que se atraen o repelen entre sí por una especie de «gravitación» (leyes de asociación de ideas). Pero Hume va mucho más lejos en su intención al escribir el Tratado…: quiere unificar todas las ciencias (mismo intento en Descartes), basándolas en una ciencia fundamental, la ciencia de la naturaleza humana Por lo cual el cometido de esta nueva ciencia es, ante todo, examinar «la extensión y las fuerzas del entendimiento humano, y explicar la naturaleza de las ideas que empleamos y de las operaciones que realizamos al argumentar». El proyecto deberá realizarse dentro de un marco empirista <no podemos ir más allá de la experiencia> y empleando la metodología newtoniana. Éstos son los propósitos enunciados por Hume en la Introducción al Tratado...
Sin embargo, la conclusión de la Primera parte del Tratado es totalmente pesimista: Hume confiesa sentirse «desesperado» y al borde del «escepticismo total». Por eso, cuando ocho años más tarde publica La investigación sobre el entendimiento humano, los objetivos parecen haber cambiado radicalmente. Hume ha abandonado la idea de crear una ciencia del hombre, y ya no pretende aplicar el método de Newton. La nueva obra es mucho más breve, se centra en el análisis del entendimiento humano, y tiene un fuerte carácter crítico. Lo que Hume busca ahora es fijar los límites de la capacidad de conocimiento del hombre. Y el instrumento de análisis que emplea es prácticamente nuevo: la distinción entre cuestiones de hecho y relaciones de ideas. La tónica de la obra es un escepticismo moderado.
La influencia de Berkeley (1685-1753) en Hume es de doble signo: positivo con respecto a la crítica del realismo lockiano y negativo en lo relacionado con la metafísica idealista.
Además, y de un modo más intenso que en Locke, caracteriza el saber como una guía para la vida prácti­ca más que como una conquista cognoscitiva de la reali­dad del ser, y así lo manifiesta en su juvenil Tratado de la naturaleza humana (1734)[1].
El punto de partida de la filosofía de Hume es el mismo que desde Locke fundamenta todo el Empirismo: no hay conocimiento válido sino en la medida en que el análisis pueda reducirlo a lo sensible, ya que todo conocimiento tiene su origen en la experiencia.
A partir de aquí, las concepciones de Hume y de Locke se separan porque el primero no está de acuerdo con el modo en que Locke usa el término "idea" para referirse a todos nuestros contenidos de conciencia - también las percepciones son llamadas "ideas":
”Sólo puede observarse como una inexactitud de ese famoso filósofo [se refiere a Locke], el que comprenda todas las percepciones bajo el término de idea” [2]
Hume reservará este término para aplicarlo a una parte de esos contenidos de conciencia.
“Llama percepción a todo aquello que pueda estar presente en la mente, ya sea que empleemos nuestros sentidos o estemos movidos por la pasión, o ejercitemos nuestro pensamiento y reflexión. Divide nuestras percepciones en dos clases, a saber, impresiones e ideas[3]
Hume distinguirá entre impresiones e ideas, donde las impresiones son el conocimiento inmediato producido a través de los sentidos (impresiones de sensación) y las impresiones de reflexión (pasiones, emociones…)
“Cuando sentimos una pasión o emoción de cualquier tipo o tenemos las imágenes de objetos externos que nos han transmitido los sentidos, la percepción que posee la mente es lo que el autor llama  una impresión[4]
Y las ideas serán las repre­sentaciones o copias en el entendimiento de las prime­ras.
“Cuando reflexionamos sobre una pasión o un objeto que no está presente esta percepción es una idea” 59
 Las impresiones y las ideas pueden ser simples o complejas.
La nueva forma de clasificar los contenidos de la mente (impresiones e ideas), significa un cambio importante con respecto a Locke en un doble sentido: mientras que en el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690, elaborado desde 1671) se estudia la composición de las ideas complejas a partir de las ideas simples, en Hume - aún admitién­dose la distinción entre ideas simples y complejas- lo fundamental será el paso de lo vivaz a lo débil, o sea, la pérdida de vivacidad que experimentan nuestras vivencias cuando pasan a ser ideas.
Con esto, no sólo resulta que las impresiones son primeras genéticamente sino que también poseen otra cualidad que las coloca por encima de la ideas, a saber, la de depararnos una imagen más precisa e intensa. Cuando la mente ha recibido las impresiones éstas pueden reaparecer de dos modos:- con un grado de viveza intermedio entre la impresión y la idea. Aquí usamos la memoria donde conservamos las impresiones simples, el orden y posición entre ellas. - como meras ideas o imágenes de nuestras impresiones. Aquí usamos la imaginación, en donde, la cual puede combinar libremente las ideas.
Existen relaciones entre nuestras impresiones e ideas (internamente). Estas relaciones pueden ser de dos tipos: naturales (ver un ojo y asociarlo al otro que constituye el par), en virtud de las cuales dos ideas están relacionadas en la imaginación y donde una intro­duce "naturalmente" a la otra; y filosóficas (la que habrá entre unas rejas y la cárcel), cuando dos ideas tienen una unión arbitraria en la imaginación y a nosotros nos parece bien tal unión. Las más importantes son las naturales, la asociación de este tipo refleja la atracción newtoniana trasladada al mundo del pensamiento. Las leyes de la asociación de ideas son: la de semejanza, contigüidad espacio - temporal y la causa efecto, siendo la última la más importante desde el punto de vista científico
“Es evidente que todos los razonamientos que se refieren a asuntos de hecho están fundados en la relación de causa y efecto” 59
Por otra parte, Hume entiende que la génesis de las ideas en las impresiones, nos suministra un crite­rio para conocer mejor nuestras ideas y constatar que son realmente ideas y no sólo términos (influencias del Nominalismo)[5].
Este criterio, que algunos autores conocen como el microscopio de Hume, es para aplicar cuando tengamos la más mínima sospecha de que se está empleando un término filosófico sin significado ni idea, entonces no tenemos más que preguntar: ¿de que impresión se deriva esa idea? . Si fuera imposible asignarle una, esto serviría para confirmar nuestras sospechas.
Pero además hay un segundo principio del empirismo que Hume es el primero en formular de manera nítida y precisa: para el mundo fenoménico no son válidas las demostraciones deductivas - en contra de lo mantenido por una metafísica racionalista. Hume distingue dos clases de proposiciones o juicios, que reflejan dos tipos de conocimiento: relaciones entre ideas y cues­tiones de hecho. Es una distinción paralela  a la de Leibniz entre verdades de razón y de hecho.
Las prime­ras son proposiciones deductivas que no tienen nada que ver con la experiencia sino que establecen relaciones entre ideas, mientras que las cuestiones de hecho son proposiciones acerca del mundo sensible y sólo pueden tener justificación en los propios hechos o en las impresiones.
Lo primero que merece comentarse de esta postura es que supone la irracionalidad del mundo exterior: si es verdad que no poseemos conocimiento deductivo (de lo general a lo particular y absolutamente cierto) de la realidad sensible ¿Cómo es posible la seguridad que poseemos de que el mundo es de una cierta manera y de que los fenómenos ocurren de un modo ordenado y sucesivo?.
Hume no se limita a afirmar la contingencia de los acontecimientos empíricos y la posibilidad lógica de que ocurra lo contrario de lo esperado sino que su pensamiento apoya tal postura.
Entiende que nuestras percepciones/ impresiones son elementos aislados entre si que la mente asocia. Así, en el caso de la relación causal - única que proporcio­na certeza en las cuestiones de hecho- cada efecto será distinto de su causa y, por tanto, no lo podemos descu­brir en su causa ( a la manera de Espino­sa); nuestra razón no puede, sin ayuda de la experien­cia, realizar una inferencia acerca de lo realmente existente.
En este punto, Hume está siendo consciente y sistemáticamente empirista, puesto que si la razón no es responsable de nuestras inferencias causales, es necesario buscar otro principio que las fundamente y ese principio será la experiencia: recordamos haber tenido ejemplos frecuentes de la existencia de una clase de objetos y recordamos que los objetos pertene­cientes a otra clase, han acompañado siempre a los primeros y que se han dado según un orden regular de sucesión. Así, la experiencia pasada y vivida, permite un proceso inductivo; lo que Hume llama razonamiento experimental aplicado al futuro.
Con respecto a la experiencia pasada se admite que da una información directa y segura sólo de aquellos objetos y sólo de aquel periodo de tiempo en donde cayeron bajo estudio. Pero esta experiencia se suele extender a otros objetos y a tiempos futuros, que a juzgar por lo que nosotros podemos saber sólo son semejantes con los anteriores en lo que respecta a la apariencia.
Hume acude a una mente que se ha formado una serie de hábitos asociativos en virtud a la experiencia pasada[6] y que por ello anticipa determinados hechos al ver otros. La costumbre será el último fundamento de nuestras creencias, y no certezas porque son contingen­tes, sobre el mundo fenoménico.
“La costumbre es la guía de la vida humana”[7]
El análisis precedente muestra hasta qué punto reduce Hume el papel de la razón y le señala límites muy estrechos. No podemos tener certeza «racional» sobre las cuestiones de hecho», sino únicamente creencia. En su existencia en el mundo, la creencia es la guía del ser humano, y no un conocimiento racional objetivo y cierto.
La creencia no es sino un sentimiento de tipo particular que acompaña a una asociación de ideas, de tal manera que dicha asociación se impone a la mente, convirtiéndola en principio regulador de nuestras acciones. Por tanto, la creencia no es una asociación libre- como en las ficciones de la imaginación - sino una asociación que se impone a la mente.
La creencia se apoya siempre en un hábito o costumbre mental es decir en una propensión a renovar el mismo acto u operación. sin estar impelido por ningún razonamiento o proceso del entendimiento A su vez, el hábito se crea a partir de la experiencia repetida de la conjunción de determinadas impresiones. He experimentado repetidas veces, por ejemplo la conjunción fuego quemadura. Entonces, si vuelvo a contemplar el fuego, se me impondrá, sin necesidad de razonamiento alguno la idea de quemadura Y esta asociación fuego - quemadura (causa- efecto) será acompañada por un sentimiento vivísimo - la creencia- que hace aparecer la quemadura como algo tan real y evidente como si se tratare da une impresión». Es decir, si una impresión» - por su intensidad y vivacidad- nos indica lo que es real, una idea sobre el futuro, al estar acompañada por la creencia, posee prácticamente la misma intensidad y vivacidad, y nos hace obrar en consecuencia.
Gracias al hábito y la creencia ha podido subsistir la humanidad, y en ello no nos diferenciamos mucho de los animales. Hume concluye con dos afirmaciones:
1) Perece haber une armonía preestablecida entre el curso de la Naturaleza (que nos es desconocido) y el curso de nuestras ideas. Y es la costumbre la que ha realizado esta correspondencia tan necesaria para nuestra supervivencia. 2) La sabiduría de la Naturaleza ha asegurado que la .inferencia causa - efecto se realice mediante un instinto o tendencia mecánica y no mediante laboriosas deducciones racionales.
La crítica de Hume a la causalidad adquiere forma negativa: trae a la luz la limitación del conocimiento humano sobre el mundo, que nunca se podrá equiparar al conocimiento riguroso que podemos conseguir a través de las relaciones entre ideas. Sin embargo, y la crítica a la metafísica racionalista lo muestra claramente, resulta que la relación causal, precisamente por apo­yarse en la experiencia pasada tiene valor modélico, constituye una exigencia a la que se tienen que acomo­dar nuestros conocimientos empíricos para ser acepta­bles.
Para Hume, como para el moderno Neopositivismo, universalidad y necesidad sólo caben en las ciencias formales, mientras que la ciencia real no puede aspirar más que a la probabilidad. Precisamente, el precio que pagan las verdades formales o relaciones entre ideas por su certeza absoluta es el de no poder decir nada acerca del mundo.
Nuestro conocimiento del mundo viene dado a través de las cuestiones de hecho, pero éstas no nos ofrecen el grado de certeza que poseen las anteriores porque no se rigen por el mismo principio: lo contrario de un hecho empírico es posible, no implica contradicción. Los hechos empíricos no son posibles de ser deducidos del análisis de sus ideas: nadie puede deducir de la idea de una cosa qué efectos producirá ni qué causa la ha producido puesto que causa y efectos son hechos individuales existentes e independientes.
La Física versa sobre hechos, que reduce a leyes; su finalidad es «enseñarnos cómo controlar y regular acontecimientos futuros por medio de sus causas» (es decir, hacer previsiones para el futuro). Así pues, todo cuanto se ha dicho más arriba respecto a las ideas de causa y efecto es aplicable a la Física. Pero Hume lleva sus análisis un poco más lejos y examina dos conceptos fundamentales en la Física de entonces: las ideas de fuerza y de conexión necesaria (las leyes físicas eran concebidas como leyes necesarias, es decir, leyes que establecen una conexión necesaria entre la causa y el efecto). ¿De dónde proceden estas ideas?
Hume echa mano de su recurso habitual: ¿corresponden a alguna «impresión>? La respuesta es: no. Ni siquiera la introspección nos permite descubrir experiencia alguna de «fuerza» o de «conexión necesaria». Por más que examinamos la Na­turaleza no podemos encontrar sino que «un suceso sigue a otro, sin que seamos capaces de comprender la fuerza o poder en virtud del cual la causa opera, o alguna conexión entre ella y su supuesto efecto». Para la experiencia, «un acon­tecimiento sigue a otro, pero nunca hemos podido observar un vínculo entre ellos. Parecen conjuntados, pero no conectados. [...] La conclusión necesaria parece ser que no tenemos ninguna idea de conexión o poder, y que estas palabras carecen totalmente de sentido»[8]). En definitiva: la Física debe abstenerse de hablar de «fuerzas» en la Naturaleza; y cuando hablemos de «causas» físicas (que impliquen una conexión necesaria causa - efecto>, debemos ser conscientes de que estamos hablando únicamente de acontecimientos habitualmente conjun­tados en el pasado (nada sabemos del futuro) «que han adquirido una conexión en nuestro pensamiento»[9], gracias a las leyes de asociación de ideas (contigüidad y causa - efecto). La Física, pues, no puede formular sino leyes probables, no necesarias. Pero ello es suficiente para que podamos manipular la realidad.[10]
Pero la relación causal no es producto de una quimera, sino de una creencia sólida que puede ser sometida a pruebas empíricas, pero que no tienen nada de demostración necesaria.
Es en lo anterior en donde hay que integrar lo manifestado por Hume sobre las regularidades de la naturaleza y las posibilidades de la inducción. La experiencia sólo da información cierta y directa de los objetos directamente observados; la extensión de ese conocimiento a otros objetos y tiempos se da gracias a la costumbre y la esperanza de que ante objetos de apariencia similar se produzcan acontecimientos simila­res.
Las inferencias causales y la costumbre frenan el escepticismo[11], pero éste será el que funciona cuando Hume ponga entre paréntesis las ideas básicas de la metafísica tradicio­nal: la idea de substancia, la existencia del mundo exterior, la identidad personal, la existencia de Dios..


[1] El Resumen de 1740 es un resumen de la misma, ante el fracaso del T.N.H..
[2] Hume. Resumen
[3] (ibidem)
[4] (ibidem)
[5] “Hablando con propiedad no existen las ideas generales y abstractas sino  que todas las ideas generales no son en realidad. sino ideas particulares vinculadas a un término general que recuerda en determinados momentos otras ideas particulares que se asemejan en ciertos detalles a la idea presente en la mente Así cuando se pronuncia e término caballo  inmediatamente nos figuramos la idea de un animal blanco o negro. de determinado tamaño y figura; pero como ese término usualmente se aplica a animales ce otros colores figuras y tamaños estas ideas  aunque no actualmente presentes a la imaginación- son fácilmente recordadas. y nuestro razonamiento y conclusión proceden como si estuvieran actualmente presentes” . Investigaciones…12.
 [6] semejanza, contigüidad y causalidad. Son los principios asociativos que contempla
[7] Investigaciones,5.
[8] lnvest, 7
[9] ibid.
[10] Tejedor Campomanes Historia de la filosofía en su marco cultural..p.257
[11] Según Hume, el escepticismo tiene una doble ventaja: nos cura del dogmatismo metafísico y nos posibilita abordar cuestiones de este tipo: substancia ...
 

Tres técnicas que cambiaron el mundo: IMPRENTA, TELESCOPIO Y RELOJ.



El papel de IMPRENTA, TELESCOPIO Y RELOJ en la Revolución Científica.

“En la Edad Media hay muchas pruebas que demuestran que estas dos actividades [ciencia y técnica] no estuvieron totalmente divorciadas en ningún período y que su asocia­ción se hizo más íntima a medida que pasaba el tiempo. Este interés práctico, activo, de las personas cultas puede ser una razón de por qué la Edad Media fue una época de innovación técnica, aunque la mayor parte de los progresos fueron realizados probablemente por artesanos analfabetos. Y, ciertamente, fue este interés de muchos científicos teóricos por los resultados prácticos lo que les animó a plantear preguntas concretas y precisas, a intentar conseguir res­puestas experimentando y, con la ayuda de la técnica, a confeccionar instrumentos de medida más exactos y aparatos especiales.”[1]. En el Renacimiento y en la Modernidad tal vinculación se hará sustancial. Del catálogo de técnicas importantes en estos momentos, las tres que hay que resaltar necesariamente son: la IMPRENTA, el RELOJ MECÁNICO y el TELESCOPIO. 
·IMPRENTA En 1440, en Maguncia, Juan Gutenberg inventó un método de impresión mucho más rápido que los existentes hasta entonces. Antes de Gutenberg existían toscos sistemas de imprenta, consistentes en grabar sobre madera (xilografía) todo el texto de una página. Estas planchas así grabadas sólo se podían utilizar para imprimir el texto que contenían y además, su duración era limitada. La nueva técnica de Gutenberg consistía en fundir en metal cada uno de los signos del abecedario, de modo que hubiera tantas letras (tipos) como fueran necesarias para elaborar conjuntamente, al menos, una página. Eran los llamados tipos móviles, cuya ventaja residía en que, una vez utilizados para una página, podían ser desmontados y reorganizados de nuevo para componer un texto distinto. A Gutenberg se le atribuye también el mérito de adoptar la "prensa de imprenta", con la que el proceso de impresión podía realizarse con más rapidez y eficacia. Con estos medios, los fabricantes de libros podían imprimir más ejemplares y en menos tiempo. El primer texto que se imprimió con esta nueva tecnología fue un resumen de la Biblia de 42 líneas, realizada en Maguncia por Gutenberg en 1445, fue la llamada Biblia de Gutenberg o de Maguncia. Los primeros textos impresos no tuvieron una gran repercusión entre la mayor parte de la población, pero poco a poco el nuevo sistema de confección de libros se hizo mucho más barato, permitiendo que la cultura dejara de ser patrimonio exclusivo de unos pocos (clero o clase dominante) que eran los que podían poseerlos. La aparición de la imprenta y, por lo tanto, de grandes cantidades de un mismo texto, significó, no sólo una mayor difusión de la cultura, sino también una nueva forma de recibirla. La transmisión de unos conocimientos a través de un libro se hace por medio de signos que hay que razonar, comprender y aceptar (la escritura u sus normas). Además ese proceso supone un examen crítico de lo leído y la posibilidad de recurrir a la información transmitida tantas veces como sea preciso. Estas peculiares condiciones no podían darse en una transmisión oral de la cultura en la que el maestro, el sacerdote o el jefe siempre, o casi siempre, adoptaban una postura dogmática que no solía permitir ni la discusión ni, por la inmediatez del discurso, la reflexión sobre los contenidos transmitidos. Según Postman, Lutero describe la imprenta como el mayor acto de gracia divina, mediante la cual avanza el Evangelio. Lutero entendió, pero Gutenberg no, que el libro produ­cido en masa, al situar la palabra de Dios en cada mesa de cocina, convertía a cada cristiano en su propio teólogo, en su propio papa. En la lucha entre la unidad y la diversidad de la creencia religiosa, la imprenta favoreció a la última. Lo que Lutero pasaba por alto era la total portabilidad de los libros im­presos. Aunque sus tesis estuvieran escritas en latín aca­démico, eran fácilmente transportadas a través de Alemania y otros países por impresores que, con la misma fa­cilidad, las hacían traducir a las lenguas vernáculas Por último, "Si nos detenemos en el hecho de que Vesalius, Brahe, Bacon, Galileo, Kepler, Harvey y Descartes nacieron todos en el siglo XVI, podemos empezar a captar la relación entre el desarrollo de la ciencia y de la imprenta, lo que es lo mismo que decir que la imprenta anunció el advenimiento de la ciencia, la divulgó, la fomentó y la codificó.... a principios del siglo XVII, la imprenta había dado lugar a un medio ambiente informa­tivo, completamente nuevo. La astronomía, la anatomía, la física eran completamente accesibles para alguien que supiera leer"[2] 
 · RELOJ MECÁNICO Antes del siglo XIII "las fiestas litúrgicas y el ciclo regular de las labores del campo son su calendario, los únicos puntos de referencia del año. No saben apreciar el transcurso del tiempo...Tanto el cálculo, como el cómputo de horas y realización de calendarios son asuntos que dejan en manos de los clérigos"[3]. Cuando surgió en la mecánica la rueda dentada apareció el primer reloj como artificio, y el primer reloj de bolsillo datará del siglo XVI. "El reloj tuvo su origen en los monasterios benedictinos de los siglos XII y XIII. Lo que estimuló su invención fue el proporcionar una regularidad más o menos precisa a las costumbres de los monasterios que requerían, entre otras cosas, siete periodos de oración durante el día. Las campanas del monasterio servían para, con sus toques, señalar las horas canónicas; el reloj mecánico era la tecnología que podía proporcionar precisión a estos rituales de devoción. Y, de hecho, así fue. Pero lo que los monjes no podían prever era que el reloj es un medio no sólo de marcar el paso de las horas, sino también de sincronizar y controlar las acciones de los hombres. Y así, hacia mediados del siglo XIV, el reloj había salido de los muros del monasterio y había llevado una nueva y precisa regularidad a la vida del trabajador y del mercader. El reloj mecánico- escribió Lewis Munford- hizo posible la idea de producción uniforme [LA IMPRENTA SEGÚN MACLUHAN], horas de trabajo regulares y un producto estandarizado. En resumen, sin el reloj, el capitalismo habría sido prácticamente imposible: es sobre todo para los burgueses de las ciudades, a diferencia de los feudales de los campos, para los que el tiempo es oro. Se diría que el tiempo cobra entonces un valor autónomo"[4] Las primeras máquinas hechas enteramente de metal fueron las armas de fuego y los relojes mecánicos, y éstos en particular son el prototipo de la moderna maquinaria automática en la que todas las piezas están cuidadosamente diseñadas para producir un resultado rigurosamente controlado. A la transformación sufrida a consecuencia del reloj se le da, a veces, una fecha concreta: 1370. "cuando el rey Carlos V de Francia ordenó a todos los ciudadanos de París que regularan su vida privada, comercial e industrial, según las campanas del reloj del Palacio Real, que sonaban cada sesenta minutos. A todas las iglesias de París, de manera similar,, se les pidió que regularan sus relojes, haciendo caso omiso de las horas canónicas. De esta manera, la Iglesia tuvo que dar prioridad a los intereses materiales...Éste es un claro ejemplo de una herramienta empleada para debilitar la autoridad de una institución básica de la vida medieval"[5] El reloj tuvo un importante papel en los procesos de burocratización de los estados. "Beniger ofrece como ejemplo originario de tal racionalización burocrática la decisión tomada en 1884 de organizar el tiempo, a escala mundial, en veinticuatro husos horarios. Antes de esta decisión, ciudades apenas alejadas dos o tres kilómetros podían, y de hecho lo hacían, diferir sobre qué hora del día era, lo que convertía el funcionamiento de los ferrocarriles y otros asuntos en algo innecesariamente complejo. Mediante el simple hecho de ignorar de que el tiempo solar varía en cada nodo de un sistema de transporte, la burocracia eliminó un problema de caos de información, para la satisfacción generalizada de la mayoría de la gente. Pero no de todo el mundo. Debe apuntarse que la idea del...debía, con el cambio, considerarse improcedente. El invento a finales del si­glo XIII del reloj mecánico, en el que las manecillas traducían el tiempo en unidades de espacio sobre la esfera, completó la sustitu­ción del tiempo «orgánico», progresivo, irreversible tal como era vivido, por el tiempo abstracto, matemático, de unidades sobre una escala, que pertenecía al mundo de la Ciencia[6] El descubrimiento de las leyes del péndulo por Galileo supusieron que el reloj se convirtiera en un auténtico instrumento de precisión”[7]
 · TELESCOPIO “Grande cosa es ciertamente, que a la inmensa multitud de las estrellas fijas que hasta hoy se podían contar con las facultades naturales, podamos añadir y manifestar al ojo humano otras innumerables, jamás vistas anteriormente, y que superan al número de las antiguas y conocidas en más de diez veces. Hermosísima cosa y admirablemente placentera es ver el cuerpo de la luna, alejado de nosotros casi en sesenta radios terrestres, tan vecino como si distara sólo dos de estas dimensiones, de modo que nos muestran el diámetro mismo de la luna casi treinta veces, su superficie novecientas y su volumen veintisiete mil veces mayores que si las miráramos a simple vista, y por ende, con la cer­tidumbre de la sensata experiencia, cualquiera puede comprender que la luna no está recubierta de una superficie lisa y liviana sino escabrosa y desigual, y, como la faz de la Tierra, llena de grandes protuberancias, profundas cavidades y plegamientos. ... Las cosas observadas hasta ahora en torno a la luna, a las estrellas fijas, a la Galaxia expusimos con brevedad. Réstanos ahora lo que creemos ser el argumento más importante de este tratado: es decir revelar y divulgar las noticias relativas a cuatro planetas, nunca vistos desde el comienzo del mundo hasta hoy, la ocasión de su descubrimiento y estudio, sus posiciones, y las ob­servaciones realizadas en estos dos últimos meses sobre sus mutaciones y giros, invitando a todos los astrónomos a estudiar y definir sus períodos, cosa que hasta hoy no nos fue dado hacer en modo alguno por escasez de tiempo. Pero les advertimos que para no entregarse en vano a este estudio, es necesario el teles­copio exactísimo del que hablamos al principio de este libro.”[8].
 El telescopio se inventó en Holanda, pero se discute el verdadero inventor. Normalmente, se le atribuye a Hans Lippershey, un fabricante de lentes holandés, sobre 1608. En 1609, el astrónomo italiano Galileo mostró el primer telescopio registrado. El astrónomo alemán Johannes Kepler descubrió el principio del telescopio astronómico construido con dos lentes convexas. El físico y matemático inglés Isaac Newton construyó el primer telescopio reflector en 1668. En este tipo de telescopio la luz reflejada por el espejo cóncavo tiene que llevarse a un punto de visión conveniente al lado del instrumento o debajo de él, de lo contrario el ocular y la cabeza del observador interceptan gran parte de los rayos incidentes[9]. En la primavera de 1609 llegan a Galileo las primeras noticias del instru­mento con el que «las cosas lejanas se ven como si estuvieran próximas». En julio del mismo año Galileo ha construido ya su propio telescopio . En marzo de 1610 publicó el «Sidereus Nuncius», donde se da cuenta de sus observaciones y descubrimientos. Galileo había dirigido su teles­copio a los cielos y había observado el aspecto terráqueo de la luna, las «innume­rables» estrellas de la Vía Láctea, las nebulosas, las fases de Venus y los satélites de Júpiter. Hoy cualquiera de nosotros puede ver todas estas cosas. ¿Cuál era el problema? ¿Cómo es posible que prácticamente todos los astrónomos renombra­dos en aquellos momentos, y otros intelectuales, negaran tales descubrimientos? En realidad, los problemas son varios. Las distintas teorías ópti­cas en aquellos momentos eran tan confusas e insuficientes que no podían ofrecer ninguna explicación del mecanismo de la visión y menos aún de un ojo al que se le había antepuesto una lente. Los fenómenos ópticos eran campo inacabable de pro­digios. Los espejos y las lentes hacían ver cosas que no eran donde no estaban. Eran elementos idóneos para propiciar y ejemplificar el engaño de la vista. Esta, sin lente ninguna, era el criterio para determinar lo que hay y cómo es, e incluso así era, a veces, objeto de engaño y tenía que ser ayudada por otros sentidos: ha­bía que tocarlo con las manos. Lo primero que, en realidad resulta llamativo, pues, en esta historia, si se cuenta desde atrás, que es el único modo correcto de contarla, es precisamente que al tener noticias del nuevo instrumento Galileo se interese, como científico, por él, y afirme que puede ser de gran utilidad. Galileo emprendió con devoción su labor puliendo él mismo las len­tes, y en sus repetidos ensayos alguno de sus telescopios resultó mucho mejor que los que vendían por las calles. Esto resultó importantísimo, pues en este proceso pronto se hizo claro para Galileo que no se trataba de la bondad o deficiencia de «el» telescopio, sino de que había telescopios buenos y telescopios malos; que a través del telescopio se ven cosas atribuibles a éste y otras a la reali­dad, y que su trabajo consistía en perfeccionar el telescopio hasta el punto de que lo que se veía fuera «sólo» lo real. Pero he aquí un punto importante de esta his­toria. No se trata sólo de que las observaciones pudieran resultar problemáticas por las posibles «deficiencias» del telescopio, que incluso en el de Galileo se da­ban, sino «también» de que, aún con un telescopio tan «bueno» como el de Gali­leo, o simplemente con un buen telescopio, podían darse «ilusiones positivas» por decirlo de algún modo brevemente, en los que observador pone algo de su parte, es decir achacable a él, en la observación. El estudio de Pisa se pronunció tam­bién en contra de los fenómenos observados que, según los profesores pisanos, no son sino engaños de la vista. Ninguno de estos críticos había mirado aún a través del telescopio de Galileo. El escepticismo y desinterés del mundo culto ante los instrumentos ópticos difícilmente podían ser eliminados con una mirada a través de un telescopio cuyo funcionamiento no podía explicarse, y que a pesar de ser mejor que los conocidos podía efectivamente ser medio de diferentes observaciones, especialmente cuando era usado por individuos con creencias y expectativas teóricas tan distintas como en el caso que nos ocupa. Otros antes que Galileo habían mirado al cielo con un telescopio y no vieron nada de interés. 
Pero Galileo si lo vio, y debemos pensar que fue, entre otras razones, porque era un copernicano y estaba, por tanto, preparado para ver. Galileo estaba haciendo algo más que presentar obser­vaciones nuevas. Estaba replanteando temas de base como la relación del sujeto con el mundo exterior, la validez de la información de los sentidos; estaba intro­duciendo una nueva concepción de la investigación que es lo mismo que decir una nueva filosofía. Y esto no afecta únicamente a las disputas sobre el telescopio en el campo de la astronomía, sino que imbuye toda su obra y está presente de igual modo en sus trabajos de física. 
Ante el problema de que los ojos nos engañan como en el caso del bastón metido en el agua Galileo considera que ”El ojo no se engaña al recibir la figura (specie) del bastón cuya mitad está en el agua, como rota, porque no menos verdadera y realmente viene del agua toda y desviada que recta del aire; sino que el engaño está en el razonamiento que no sabe que las figuras que se ven en distintas transparencias se refractan”. Lo importante de la respuesta de Galileo es la tesis epistemológica que formula. En su réplica se establece una conexión clara en­tre hechos y teorías, que hoy formulamos diciendo que no hay hechos sino para teorías. Sin duda Galileo no es plenamente consciente de las implicaciones episte­mológicas de su respuesta, y no podemos pretender modernizarle[10].

Logos y mito en el cine




                                                                                                           Espartaco, 1960

Espartaco, ya libre, quiere saber y su preocupación se centra en la Physis.
Varinia refleja un pensamiento arragaido en el mito.

Mito de Theut y Thamus

“Sócrates- Pues bien, oí decir que vivió en Egipto en los alrededores de Naucratis uno de los antiguos dioses del país, aquél a quien le está consagrado el pájaro que llaman Ibis. Su nombre es Theuth y fue el primero en descubrir no sólo el número y el cálculo, sino la geometría y la astronomía, el juego de damas y los dados, y también las letras. Reinaba entonces en todo Egipto Thamus que vivía en esa gran ciudad del alto país a la que llaman los griegos la Tebas egipcia, así como a Thamus le llaman Ammón. Theuth fue a verle v, mostrándole sus artes, le dijo que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Preguntole entonces Thamus cuáles eran las ventajas que tenía cada una y, según se las iba exponiendo aquél, reprobaba o alababa lo que en la exposición le parecía que estaba mal o bien. Muchas fueron las observaciones que en uno y en otro sentido, según se cuenta, hizo Thamus a Theuth a propó¬sito de cada arte, y sería muy largo el referirlas. Pero una vez que hubo llegado a la escritura, dijo Theuth: "Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y aumentará su memoria. Pues se ha inven¬tado como un remedio de la sabiduría y la memoria - Y aquél replicó: "Oh, Theuth, excelso inventor de artes, unos son capaces (le dar el ser a los inventos del arte, y otros de discernir en qué medida son ven¬tajosos o perjudiciales para quienes van a hacer uso de ellos. Y ahora tu, como padre que eres de las letras, dijiste por cariño a1ellas el efecto contrario al que producen. Pues este invento dará origen en las almas de quienes lo aprendan al olvido, por descuido del cultivo de la memoria, ya que los hombres, por culpa de su confianza en la escritura, serán traídos al recuerdo desde fuera, por unos caracteres ajenos a ellos, no desde dentro, por su propio esfuerzo. Así que, no es un remedio para la memoria, sino para suscitar el recuerdo lo que es tu invento. Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos. Pues habiendo oído hablar de muchas cosas sin instrucción, darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes; y serán fastidiosos de tratar, al ha¬berse convertido, en vez de sabios, en hombres con la presunción de serlo."


Platón Fedro 274c- 275b.

Mito del carro alado


«Sobre su inmortalidad, pues, basta con lo dicho. Acerca de su idea debe decirse lo siguiente:
descubrir cómo es el alma seria cosa de una investigación en todos los sentidos y totalmente divina, además de larga; pero decir a qué es semejante puede ser el objeto de una investigación humana y más breve; procedamos, por consiguiente, así. Es, pues, semejante el alma a cierta fuerza natural que mantiene unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y aurigas de los dioses son todos ellos buenos y constituidos de buenos elementos; los de los demás están mezclados. En primer lugar, tratándose de nosotros, el conductor guía una pareja de caballos; después, de los caballos, el uno es hermoso, bueno y constituido de elementos de la misma índole; el otro está constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario. En consecuencia, en nosotros resulta necesariamente dura y difícil la conducción.

Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse "mortal" e "inmortal". Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo, revistiendo unas veces una forma y otras otra. Y así, cuando es perfecta y alada vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre que parece moverse a si mismo a causa de la fuerza de aquella, y este todo, alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre de mortal. En cuanto al inmortal, no hay ningún razonamiento que nos permita explicarlo racionalmente; pero, no habiéndola visto ni comprendido de un modo suficiente, nos forjamos de la divinidad una idea representándonosla como un ser viviente inmortal, con alma y cuerpo naturalmente unidos por toda la eternidad. Esto, sin embargo, que sea y se exponga como agrade a la divinidad.»

«La fuerza del ala consiste, naturalmente, en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose por donde habita la raza de los dioses, y así es, en cierto modo, de todo lo relacionado con el cuerpo, lo que en más alto grado participa de lo divino. Ahora bien: lo divino es hermoso, sabio, bueno, y todo lo que es de esta índole; esto es, pues, lo que más alimenta y hace crecer las alas; en cambio, lo vergonzoso, lo malo, y todas las demás cosas contrarias a aquellas, las consume y las hace perecer. Pues bien: el gran jefe del cielo, Zeus, dirigiendo su carro alado, marcha el primero, ordenándolo todo y cuidándolo. Le sigue un ejército de dioses y demonios ordenado en once divisiones, pues Hestia queda en la casa de los dioses, sola. Todos los demás clasificados en el número de los doce y considerados como dioses directores van al frente de la fila que a cada uno ha sido asignada. Son muchos en verdad, y beatíficos, los espectáculos que ofrecen las rutas del interior del cielo que la raza de los bienaventurados recorre llevando a cabo cada uno su propia misión, y los sigue el que persevera en el querer y en el poder, pues la Envidia está fuera del coro de los dioses. Ahora bien: siempre que van al banquete y al festín marchan hacia las regiones escarpadas que conducen a la cima de la bóveda del cielo. Por allí, los carros de los dioses, bien equilibrados y dóciles a las riendas, marchan fácilmente, pero los otros con dificultad, pues el caballo que tiene mala constitución es pesado e inclina hacia la tierra y fatiga al auriga que no lo ha alimentado convenientemente.»

(PLATÓN, Fedro, 247 a)

Mito de Prometeo

“Hubo una vez un tiempo en que existían los dioses, pero no había razas mortales. Cuando también a éstos les llegó el tiempo destinado de su nacimiento, los forjaron los dioses dentro de la tierra con una mezcla de tierra y fuego, y de las cosas que se mezclan a la tierra y el fuego. Y cuando iban a sacarlos a la luz, ordenaron a Prometeo y a Epimeteo que los aprestaran y les distribuyeran las capacidades a cada uno de forma conveniente. A Prometeo le pide permiso Epimeteo para hacer él la distribución. «Después de hacer yo el reparto, dijo, tú lo inspeccionas." Así lo convenció, y hace la distribución. En ésta, a los unos les concedía la fuerza sin rapidez y, a los más débiles, le dotaba con la velocidad. A unos los armaba y, a los que les daba una naturaleza inerme, les proveía de alguna otra capacidad para su salvación. A aquellos que envolvía en su pequeñez, les proporcionaba una fuga alada o un habitáculo subterráneo. Y a los que aumentó en tamaño, con esto mismo los ponía a salvo. Y así, equilibrando las demás cosas, hacía su reparto. Planeaba esto con la precaución de que ninguna especie fuera aniquilada.

Cuando les hubo provisto de recursos de huida contra sus mutuas destrucciones, preparó una protección contra las estaciones del año que Zeus envía, revistiéndolos con espeso cabello y densas pieles, capaces de soportar el invierno y capaces, también, de resistir los ardores del sol, y de modo que, cuando fueran a dormir, estas mismas les sirvieran de cobertura familiar y natural a todos. Y los calzó a unos con garras y revistió a los otros con pieles duras y sin sangre. A continuación facilitaba medios de alimentación diferentes a unos y a otros: a éstos. el forraje de la tierra, a aquéllos , los frutos de los árboles y a los otros raíces. A algunos les concedió que su alimento fuera el devorar a otros animales, y les ofreció una exigua descendencia, y, en cambio, a los que eran consumidos por éstos, una descendencia numerosa, proporcionándoles una salvación en la especie. Pero, como no era del todo sabio Epimeteo, no se dio cuenta de que había gastado las capacidades en los animales; entonces todavía le quedaba sin dotar la especie humana, y no sabía qué hacer.

 Mientras estaba perplejo, se le acerca Prometeo que venía a inspeccionar el reparto, y que ve a los demás animales que tenían cuidadosamente de todo, mientras el hombre estaba desnudo y descalzo y sin coberturas ni armas. Precisamente era ya el día destinado, en el que debía también el hombre surgir de la tierra hacia la luz. Así que Prometeo, apurado por la carencia de recursos, tratando de encontrar una protección para el hombre, roba a Hefesto y a Atenea su sabiduría profesional junto con el fuego - ya que era imposible que sin el fuego aquélla pudiera adquirirse o ser de utilidad a alguien- y, así, luego la ofrece como regalo al hombre. De este modo, pues, el hombre consiguió tal saber para su vida; pero carecía del saber político, pues éste dependía de Zeus. Ahora bien, a Prometeo no le daba ya tiempo de penetrar en la acrópolis en la que mora Zeus; además]os centinelas de Zeus eran terribles . En cambio, en la vivienda, en común, de Atenea y de Hefesto, en la que aquéllos practicaban sus artes, podía entrar sin ser notado, y, así, robó la técnica de utilizar el fuego de Hefesto y la otra de Atenea y se la entregó al hombre. Y de aquí resulta la posibilidad de la vida para el hombre; aunque a Prometeo luego, a través de Epimeteo, según se cuenta, le llegó el castigo de su robo.

 Puesto que el hombre tuvo participación en el dominio divino a causa de su parentesco con la divinidad, fue, en primer lugar, el único de los animales en creer en los dioses, e intentaba construirles altares y esculpir sus estatuas. Después, articuló rápidamente, con conocimiento, la voz y los nombres, e inventó sus casas, vestidos, calzados, coberturas, y alimentos del campo. Una vez equipados de tal modo, en un principio habitaban los humanos en dispersión, y no existían ciudades. Así que se veían destruidos por las fieras, por ser generalmente más débiles que aquéllas; y su técnica manual resultaba un conocimiento suficiente como recurso para la nutrición, pero insuficiente para la lucha contra las fieras. Pues aún no poseían el arte de la política, a la que el arte bélico pertenece. Ya intentaban reunirse y ponerse a salvo con la fundación de ciudades. Pero, cuando se reunían, se atacaban unos a otros, al no poseer la ciencia política; de modo que de nuevo se dispersaban y perecían.

 Zeus, entonces, temió que sucumbiera toda nuestra raza, y envió a Hermes que trajera a los hombres el sentido moral y la justicia, para que hubiera ordenen las ciudades y ligaduras acordes de amistad. Le preguntó, entonces, Hermes a Zeus de qué modo daría el sentido moral y la justicia a los hombres: « ¿Las reparto como están repartidos los conocimientos? Están repartidos así: uno solo que domine la medicina vale para muchos particulares, y lo mismo los otros profesionales. ¿ También ahora la justicia y el sentido moral los infundiré así a los humanos, o los reparto a todos? A todos, dijo Zeus, y que todos sean partícipes. Pues no habría ciudades, si sólo algunos de ellos participaran, corno de los otros conocimientos. Además, impón una ley de mi parte: que al incapaz de participar del honor y la justicia lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad".
Platón. Protágoras 320c- 322d.

Movimiento nocturno sobre Gijón

Una imagen de Alba García Ureña