Departamento de Filosofía del IES Doña Jimena (Gijón)

La huella del trauma en babuinos y humanos

Los primates humanos somos unos seres que venimos al mundo con una mente flexible y sumamente plástica. Esto conlleva ventajas e inconvenientes al mismo tiempo. Por un lado nos hace muy sensibles a lo que nos pasa, pero también nos permite aprender acerca de todo lo que nos rodea y adaptarnos a casi cualquier situación. Esto implica que nuestra infancia está orientada a absorber, entrenar y poner en marcha todo nuestro potencial como seres humanos que somos. Ahí radica la fuerza y debilidad de lo mucho que dura en nuestro orden de especies esta primera fase de la vida. 
Aunque el proceso nunca se detiene esta época es de especial importancia. Son cientos los estudios que relacionan los traumas de la infancia con la supervivencia. Se trata de un periodo sensible en todos los sentidos. Por ejemplo, en humanos sabemos que problemas de abuso, maltrato o rechazo aumentan las probabilidades de padecer diabetes, problemas de corazón u otras enfermedades en el futuro. Pero también interfieren en la interacción con otras personas o en el desarrollo de su afectividad. Las consecuencias condicionan nuestra salud física y emocional cuando somos adultos, incluso cuando los sucesos ya no ocurren y el estrés ha desaparecido.

¿Quieres saber cuáles son las pruebas de la evolución en tu cuerpo?


En nuestro cuerpo podemos ver pruebas de la evolución, según este vídeo de la web estadounidense Vox. Estas estructuras vestigiales son lo que nos queda de los órganos y atributos que necesitábamos, pero cuya función se ha perdido durante la evolución. Dejaron de usarse e incluso podían llegar a ser perjudiciales.
El vídeo suma más de diez millones de reproducciones en Youtube y 1,6 millones en Facebook desde el pasado jueves. (Por cierto, puedes activar los subtítulos en inglés del vídeo pinchando en el botón inferior de la derecha).
Arranca proponiéndonos que extendamos el brazo, juntemos el pulgar y el meñique y levantemos ligeramente la mano. Si vemos una banda en medio de la muñeca, se trata del tendón de un músculo vestigial: el palmaris longus. Entre un 10% y un 15% de la gente ni siquiera lo tiene, sin que esto tenga consecuencias para la fuerza de nuestros brazos. Este músculo está presente y es más grande sobre todo en los mamíferos que usan sus patas delanteras para moverse.
El vídeo también habla de tres músculos que tenemos alrededor de la oreja y que servían para moverlas y localizar los sonidos, de la piel de gallina, del coxis y del reflejo de prensión palmar de los bebés.
No son las únicas estructuras vestigiales que dejan constancia de cómo ha cambiado nuestro cuerpo: en este artículo de Io9 se recogen diez, incluyendo también el apéndice y la muela del juicio, por ejemplo. Vox recuerda que el 42% de los estadounidenses no creen en la evolución. La cifra en España es del 11,5%, como publicaba Materia.